"¿Qué hace el BATE Borisov en la Champions League?" ó "No sé qué pinta Tahití en la Copa Confederaciones. Devalúa el torneo..." Razonamientos como este no van conmigo porque van contra el romanticismo futbolístico que defiendo a espada y capa. Una de las cosas que más me fascinan de este deporte, y del resto en general, es cuando por azar del destino se producen hechos inverosímiles, o enfrentamientos pintorescos y desiguales como el de ayer. Si el desenlace además es tan favorable a los nuestros y rodeado de tanta cordialidad, con el remodelado Maracaná como escenario, pues "enciende que no nos vamos".
Para empezar, como amante de la geografía que soy, decir que Tahití es un caso especial dentro de las selecciones de fútbol: no es un país como tal. Este equipo representa a la Polinesia Francesa, un territorio de ultramar de los franchutes. Debido a que se lo han ganado en el campo, (no como Brasil y en menor medida Italia), disputan este trofeo tras haber sido campeones de su continente. Por lo que se ve Nueva Zelanda no se tomó en serio la última OFC Cup pensando que sin Australia lo tendrían hecho. Craso error. Cayeron en semifinales ante Nueva Caledonia (la patria de Karembeu), pero luego fueron los rojiblancos tahitienses los que ganaron y sellaron su billete para Brasil. Con dos cojones. La suerte ha querido que se enfrentara uno de los equipos más amateurs contra una de las mejores selecciones de la historia en un torneo de ámbito mundial. Dos equipos en la antípoda uno de otro tanto geográfica como balompédicamente. Bonito eh? Ahora saldrá el típico lila a decir que no sabe qué pintan esos ahí. Pues para mí mucho. Fue uno de los partidos más llamativos que he visto en mi vida. No a nivel de juego evidentemente...
