miércoles, 2 de noviembre de 2016

Como si fuera la última vez

Allá por enero de este 2016, tras el infame empate a cero ante el Sevilla, mientras salía del Calderón me preguntaba si sería la última vez que lo pisaría. La idea no era tan nostálgica, porque aun sabiendo que quedaba poco, no sabía cuándo se iba a dejar de jugar en él. El destino me volvió a brindar una oportunidad más de disfrutarlo. Para alguien que vive al sur de Despeñaperros no es fácil haber ido ni siquiera una vez al templo de su equipo si este está a 500 km. Por lo tanto, guardo muy bien en la memoria mis visitas a mi otra casa, la que tanto he visto por la tele pero que tan pocas para lo atlético que soy he sentido in situ.


Quiso además el azaroso devenir que el partido fuera contra el Málaga, el equipo de mi provincia. Lo que conllevaba aguantar antes de ir el típico "¿Querrás que gane el Málaga no?" Pues no, llámenme como quieran pero yo soy del Atleti, y además sin ser malacitano me he gastado más dinero y quiero más al Málaga que probablemente todos los que sin ánimo de ofender me hacían ese tipo de comentarios. Es lo que tiene este tipo de desplazamientos: el rival no se elige, sino que lo decide el calendario laboral y que el Atlético juegue en Madrid o no. Esta vez hubo suerte, y nuestra visita capitalina a ver a unos amigos coincidía con un partido de liga. Impagable la sensación cuando uno va en metro hacia el estadio y ve cómo se monta la gente con los colores del Atleti. Algo que solo los colchoneros de fuera de Madrid entenderán. Como en la penúltima ocasión, el señor Giusti estaría a mi lado para psicoanalizarme en lo que sería una montaña rusa de partido, del que poco habrá ya que no se haya contado: he escrito esto a la vuelta del puente.



He ido lo suficiente al Calderón como para percatarme de que por suerte o por desgracia son cada vez más numerosos los turistas. No es casualidad que a mi izquierda hubiera un grupo de digamos... polacos y justo delante hubiera por unos minutos una pareja de fornidos escandinavos más perdidos que yo en una peña madridista. Eso sin contar al coro de grouppies unisex de Griezmann, con banderas de Francia y la cara pintada (al menos llevaban la camiseta del Atleti). En esas, un peruano de apellido italiano y yo con mi acento cuasi-malagueño éramos la fauna más convencional de la zona. Es lo que tiene que el Atleti sea más mediático e internacional. Como eso quiere decir que los resultados van bien, pues que siga así y la próxima me encuentre a un camboyano en el asiento de atrás.



¿El resto de la experiencia? Pues como otras veces: alguna foto, disfrutar los cánticos que uno en la tele apenas oye, y aguantar al típico que con suficiencia y como si viera a un mono del zoo cree que puede acertar el acento exacto de uno en cuanto abre la boca (¿Tú qué cojones vas a saber de qué parte de Andalucía soy por una frase que me hayas oído?) Aún nunca ha ganado nadie: El juego de las ocho provincias lo llamo yo. Y del encuentro está todo hablado ya, solo añadiré que en la segunda parte, los nuestros, aparte de lidiar con uno menos y con un Málaga que ni se creía su efectividad, también lo hizo con mi pesimismo, que veía un empate postrero en mi sexto y último partido en la caldera. Por el buen hacer del equipo, el sol que nos jodió en la grada de lateral hasta el minuto cinco fue más rival que los boquerones, y afortunadamente ahí estaba el Bachiller Carrasco para calmarme y conducirme a un catártico clímax.



Y se acabó, salí del campo constatando mi ronquera, como debe ser, y tocando la bocana de salida en plan "This is Anfield". Con el embotamiento de haber vivido tantas cosas en directo ni siquiera dirigí una última mirada de despedida. Como tantas cosas en la vida, uno idealiza el futuro y lo vanaliza llegado el presente. Pero eso sí, como dice la canción: 
"Más allá de la curiosidad, surgió siguió un amor, la primera última vez, que yo entré en el Calderón..."